Relato "Dulce provocación"

Dulce provocación
Marta de Diego

La vida se compone de pequeñas momentos, de recuerdos, de instantes alegres, otro tristes, increíbles. Disfruta de cada momento bueno que te brinde y acepta los golpes, como buenamente puedas.

Estoy nerviosa, es el día de San Valentín y tengo una cita con Alan. Llevamos ya dos años saliendo juntos, pero no sé muy bien porqué, tengo la sensación de que esta cita va a ser distinta. Hemos quedado en el barco restaurante que te lleva por el rio Sena, lo que significa que hay que ir muy bien vestidos. Así que he elegido un vestido, de color negro, con cuello barco y mangas de encaje. Zapatos negros, con un buen tacón de aguja y mi melena rubia, recogida en una bonita trenza que cubre mi hombro izquierdo. Me miro una vez más en el espejo, me veo radiante, aunque el mismo tiempo, me siento insegura. No sé qué va a pasar hoy, estoy muy nerviosa, pero tengo claro que lo que tenga que ser, será.
Salgo de casa y decido coger un taxi, no me veo capaz de conducir. Mientras lo espero, aparece mi vecino Nico. Me mira sonriente, me saluda con la cabeza y se mete en el portal. No solemos hablar mucho, pero es un chico agradable y la verdad, para que engañarnos, es muy guapo.
 Cuando llego al embarcadero, lo veo, ahí está Alan, esperándome. Va vestido con una traje de chaqueta negro, la camisa granate y corbata negra. Su pelo está cubierto por una capa de gomina y peinado de esa forma tan especial, que solo él sabe hacer. Un estilo peinado, pero desaliñado a la vez. Está guapísimo. Alan se acerca a mí, al tiempo en que yo me bajo del taxi. —Estás preciosa, cariño —me dice, consiguiendo arrancarme una sonrisa.
—Tú también estás muy guapo. Creo que podría acostumbrarme a verte siempre con traje, estás muy sexy —le digo picarona. Y no es que no me guste como viste habitualmente, pero con ese cuerpo y esas espaldas… cuando se pone un traje entallado como este, consigue desconcentrarme, pero sobretodo ponerme en guardia. Mucha loba hay suelta por esta ciudad y mi chico, es mío y solo mío.
—¿Así que te gusta el traje eh? Bueno, quizás me lo veas puesto en otra ocasión más —umm… se anda con rodeos, me gusta.
—Eso habrá que verlo —le contesto, para picarlo un poco. Él sonríe, me coge de la mano, tira de ella para pegar mi cuerpo con el suyo y me besa.
Entramos en el barco y un metre nos acompaña hasta nuestra mesa, después de haberle indicado el nombre a la que estaba la reserva. Alan, como buen caballero que es, reirá mi silla y espera a que me siente, para hacerlo él. Un camarero se acerca a nosotros, para ofrecernos las cartas —¿Puede traernos un Louis Roederer Cristal Rosé, por favor? —pide de repente Alan, provocando la caída de mandíbulas del camarero y mía.
—¿Alan? —me mira intrigado —¿Estás seguro? Esa botella ronda los seiscientos euros —el camarero me mira con cara de asesino, estoy a punto de fastidiarle el negocio del siglo.
—Cariño, no te preocupes. Lo que te tengo que decir, bien merece una de estas botellas —me dice guiñándome un ojo. Yo, asiento con la cabeza, aunque no entiendo nada. No creo que haya nada tan importante, como para pedir ese champagne. A no ser que… No, no puede ser. ¡Ay Dios mío! ¡Que si puede ser! ¡¡Ay que me da!! ¿Me va a pedir que me case con él? Le miro sonriente y comienzo a ponerme más nerviosa aún. Mi mente me la acaba de jugar, ahora voy a estar intranquila todo el tiempo. Estaré dándole vueltas a como  habrá pensado hacerlo.
¿Se arrodillará y sacará el anillo de su bolsillo?
¿Traerá el anillo escondido en el postre y cuando yo lo encuentre, se levantará y se arrodillará?
No puedo, no puedo ni imaginármelo, sea como sea mi respuesta va a ser un “Sí” como una casa de grande. No hago más que desear que llegue el momento. Mi mente no hace más que repetirme una y otra vez, las posibles opciones de petición. No me puedo concentrar en la comida, me van poniendo plato a plato y yo voy picando y engullendo, porque cuanto antes acabe, antes llegará el postre y mi gran momentazo. Durante la cena, vamos hablando de temas banales, que carecen totalmente de mi atención. Bastante suerte tiene Alan de que le conteste, porque ahora mismo mis neuronas, solo piensan en una cosa.
Llega la hora de los postres y con ella la tercera botella de champagne, lo que me hace pensar, aún con más fuerza, que es algo muy muy importante lo que esta noche vamos a celebrar. Nuestra boda. El camarero aparece con nuestros postres, vienen tan bien preparados, que voy a tener que ir con cuidado de no tragarme el anillo. —¿Te gusta el mouse, cariño?—me pregunta.
—Oh sí, está delicioso. Bueno, en realidad todo ha estado exquisito.
—Espera, déjame ver que tienes aquí… —dice al mismo tiempo que se levanta. ¡¡Ay madre, llegó el momento!! Se acerca a mí, lentamente, sonriente y yo me voy poniendo cada vez más nerviosa.
—Nena…—susurra en mi oído —Tengo algo que decirte.
—Adelante —contesto sin apenas voz, por culpa de la emoción.
—Ha llegado el momento de dar un paso más.
—Sí… estoy de acuerdo —susurro.
—Y ese paso es… —¡suéltalo ya!—¡Me han ascendido a director de sucursal! —¡¡¡¿QUÉÉÉÉÉ?!!! Me acaba de caer un cubo de agua fría con cubitos de hielo por encima. Esto sí que no me lo esperaba —. Cariño, ¿no te alegras? Esto significa más sueldo, mejores condiciones para nosotros. Así podremos vivir desahogados cuándo vivamos juntos.
—Sí, sí, perdona. Es que me has dejado sorprendida. Me alegro mucho por ti, enhorabuena —le contesto como puedo. Aún estoy en estado de shock.
—Gracias cariño, ahora todo va a ir mejor, tendremos más dinero, viviremos como reyes en nuestra casa… —Alan iba enumerando infinidades de cosas buenas que nos aportaría su ascenso, pero en ningún momento ha mencionado la intención de casarse conmigo. Mi mente estaba en otro sitio, solo le daba vueltas a lo ridícula que me sentía por haber pensado es que iba a pedirme matrimonio. No escuchaba nada de lo que me decía, solo le sonreía y asentía como una autómata, hasta que mi mente reaccionó y se acordó de que teníamos una botella entera de champagne, sin abrir. Me levanté de mi asiento, cogí mi bolso y la botella. Alan me miraba estupefacto, me preguntaba que, qué estaba haciendo, pero yo no contestaba. Así que cogí, me di media vuelta y me largué de allí.
He llegado al portal de mi casa, aún llevo la botella en la mano y sin abrir. Creo que voy a subir, me voy a quitar los zapatos y me sentaré en el sofá a beberme esta preciosa botella de seiscientos euros. Miro hacia mi bloque y están todas las luces de las casas apagadas, excepto una. Sonrío y pienso en compartir mi botella… pero de repente me asaltan las dudas. ¡Qué demonios! Es mi vecino y me llevo bien con él, para pillarme un pedo sola, mejor con él. Así tendré unas buenas vistas. Abro la puerta del portal y subo los dos tramos de escalera que hay para llegar a su casa. Cuando estoy frente a su puerta, me planto delante de ella y me quedo mirando, sopesando los pros y los contras. Entonces me acuerdo del móvil, lo saco del bolso y veo que tengo un par de llamadas perdidas, pero ningún mensaje. Decido que lo mejor es apagarlo. Una vez hecho, toco al timbre de mi vecino. Tarda un poco en abrir, pero cuando lo hace, no puedo evitar reírme ante su cara de sorpresa. Aunque la sonrisa se me corta de golpe al darme cuenta de que está con el torso al descubierto y en calzoncillos. —Chantal —oh dios, que bien suena mi nombre en esa boca de pecado —, ¿qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?
—Bueno… verás… vengo de una estupenda cena en el barco del rio Sena, en la cual pensaba que mi novio me iba a pedir matrimonio. ¿Y por qué pensaba eso? Estarás pensando. Pues verás, porque el muy gilipollas, ha pedido tres botellas como esta —le enseño el champagne —. Cada una de ellas cuesta seiscientos euros y me ha dicho que lo que tenía que decirme, bien merecía la pena. Además me ha llevado a cenar a un sitio romántico, hemos ido vestidos elegantemente… vamos que era el ambiente perfecto para la ocasión. Pero eso que tanto que valía la pena, el dineral en estas botellitas, era nada más y nada menos que… ¡¡un puto ascenso!! ¿Te lo puedes creer? ¡Un ascenso!
—Menudo gilipollas —me contesta, arrancándome una sonrisa.
—Sí, lo es. Pero el caso es que en los postres, aún no habíamos abierto esta botella, así que me levanté, la cogí y me fui dejándole con la palabra en la boca. Iba a tomármela sola, pero al llegar he visto tu luz encendida y he pensado en que podíamos tomárnosla juntos.
—¿Crees que será buena idea? —me quedo pensativa, quizás él no quiera.
—Si no quieres, no hay problema, me voy a mi casa y me la bebo yo sola —él me mira sonriente.
—Anda, pasa. Voy a ponerme una camiseta.
—Por mí no lo hagas, no me molestan las vistas.
—Ya, pero estoy en desventaja —lo miro intrigada —. Yo no tengo las mismas vistas que tienes tú. Así que o bien te quitas ese increíble vestido, o me pongo una camiseta.
—Estoy pensando seriamente en quitarme el vestido.
—No serías capaz —sentencia Nico, retándome. Pero es que realmente me lo estoy planteando, estoy achispada con tanto alcohol, este chico me pone mucho y estoy excitada. Por otro lado está el capullo de Alan, no puedo hacerle esto a pesar del ridículo que he sentido esta noche. Miro a Nico y parece saber lo que estoy pensando. —Otra vez será. Vete a casa, guarda esa botella y descansa. Mañana lo verás todo de otra forma —asiento, sonrío y me voy hacia la puerta —. Chantal —me llama.
—Dime —le digo mientras me giro. Pero cuando lo hago, me doy cuenta de que se ha colocado detrás de mí. Nuestras miradas se cruzan y nuestros labios están muy cerca. Con moverme un poco, podría besarle…
—Si no tuvieras novio…—se calla.
—Sigue —le pido. Nico sonríe.
—Si no tuvieras novio, no dejaría que te marchases nunca.
****
Me despierto a media mañana, aturdida, con uno de esos dolores de cabeza que te hacen desear estar muerta. Me levanto de la cama y me voy a la cocina, necesito un vaso de agua y una aspirina. Cuando abro la nevera, la veo ahí, tumbada en la bandeja, la súper botella de champagne de seiscientos euros. Sonrío al recordar lo ridícula que me sentí anoche y en como Nico consiguió volverme loca con ese torso desnudo. Solo pensar en él… no debo pensar en él, en quien debo pensar es en Alan, por lo que decido que ya es hora de llamarle. Me voy a mi habitación, en busca de mi móvil. Cuando lo cojo, me sorprendo al ver que no hay ni una sola llamada, ni un solo mensaje.<<Pues sí que le importo yo a Alan >> pienso, mientras desbloqueo el móvil y lo busco en la agenda para llamarlo. Suena un tono, dos, tres, cuatro… y no contesta. Vuelvo a intentarlo, esta vez con éxito. —¿Qué quieres? —esa es su manera de saludarme.
—Buenos días a ti también —le digo en un tono sarcástico.
—Chantal, no tengo ganas de tonterías. Dime que es lo que quieres —toma borderia, está mosqueado, no hay duda.
—Llamaba para disculparme por lo de ayer, no debí irme como me fui.
—No, no debiste hacerlo. ¿Qué pasa, te pego una pataleta?
—Oye, no te comportes como un capullo.
—¿QUÉ NO ME COMPORTE COMO UN CAPULLO? —me grita de tal manera, que tengo que despegar el teléfono de mi oído.
—No importa que grites, no estoy sorda.
—Mira Chantal, ahora no tengo ningunas ganas de hablar contigo —me cuelga. No me da tiempo a replica. Me parece una reacción totalmente desmesurada, no creo que sea como para ponerse así. Lo dejo pasar, cuando se enfada de esta manera, lo mejor es dejarlo a su aire. Dejo el móvil y decido que ya que es sábado y hace buen día, puedo darme una ducha e ir a dar una vuelta, incluso comer fuera.
Salgo de casa y decido que lo mejor es bajar por las escaleras. Cuando llegó al rellano del piso de Nico, ralentizo el paso y sonrío imaginando que sale de su casa… me sonríe y… ¡Mierda! Me tropiezo en la escalera y monto un pequeño escándalo, cuando caigo al suelo y me estampo contra su puerta. La cual, tarda poco en abrirse y aparecer por ella Nico, que me mira con cara de sorpresa e incredulidad. —¿Se puede saber qué haces en el suelo?
—Deja de preguntar y ayúdame a levantarme.
—Me gusta verte espatarrada en el suelo —me dice el muy cabrito. Le lanzo una mirada de esas que podrían asesinar a alguien —. ¿Dónde ibas? —me extiende la mano, por fin y, me ayuda a levantarme.
—Pues me iba a dar un paseo y quizás a comer fuera.
—¿Y tu novio?
—No quiere hablar conmigo, pero que quieres que te diga, no me hace falta para pasar un buen fin de semana.
—Te propongo algo —lo miro atenta —, ya que tú estás libre y yo también, ¿por qué no pasamos el sábado juntos? Podemos pasear, comer e ir al cine. Lo que tú quieras —sopeso su propuesta. No sé si debo aceptarla o no, pero que leches, es mi vecino y mi amigo. Además mi novio pasa de mí, pues no me voy a quedar en casa amargada.
—Me parece genial. ¿Estás listo? —asiente. Así que coge sus cosas, cierra la puerta y nos vamos a pasar un magnifico y estupendo día.
Decidimos ir a pasear por los campos Elíseos, hace un día maravilloso, soleado, el día perfecto para pasear por allí. Después de llevar un rato caminando, decidimos hacer como mucha de la gente que hay allí y nos tiramos en el césped para descansar. Nos quedamos callados durante un buen rato hasta que Nico, de repente, se levanta. —Quédate aquí, vuelvo en cinco minutos —me suelta de repente al tiempo que se marcha.
Me quedo un rato sola, e intrigada por saber a dónde ha debido ir. Saco mi móvil, más que nada para ver si Alan se ha clamado y ha intentado llamarme. Pero nada, ni mensaje ni nada. No ha transcurrido ni diez segundos, cuando Nico vuelve a aparecer. Trae consigo una bolsa de plástico, en la que intuyo que lleva unas Coca colas. —¿Tienes sed? —asiento — ¿Y hambre?
—Mucha…
—Pues he traído bebida y unos bocadillos. Espero haber acertado.
—Con el hambre que tengo… creo que me comería cualquier cosa.
—Cuidado…—lo miro curiosa.
—¿Cuidado por qué?
—Esa frase que acabas de decir… puede dar lugar a confusiones —me quedo con la boca abierta. ¿Cómo puede decirme estas cosas y quedarse tan ancho? Le pego un pequeño puñetazo en el hombro e ignoro su contestación, porque como sigamos con este juego… no quiero imaginar cómo va a acabar.
Ya son más de las cinco de la tarde, llevamos ahí unas tres horas. Yo creo que ya es hora de irnos si queremos ir al cine. —Nico, deberíamos empezar a irnos o no llegaremos al cine.
—¿Y si en vez de al cine, vamos a mi casa? Sabes que tengo una buena pantalla de televisión y sistema de sonido. Tengo varias películas y palomitas.
—Como prefieras —le contesto, no muy segura de mi respuesta. Pero bueno, es para ver una película. Lo miro de reojo y observo que está con el ceño fruncido, incluso diría que está enfadado —, ¿qué ocurre Nico?
—Ese de ahí…—dice, señalando con la cabeza — ¿no es tu novio? —sigo la dirección de su mirada y me quedo paralizada. Ahí está Alan, pero no está solo, va acompañado de una morena con un cuerpazo de escándalo, que no hace más que cogerlo de la cintura y apoyar la cabeza en su hombro. La rabia comienza a acumularse en mi estómago, para poco a poco ir subiendo por mi pecho y salirme por la boca.
—¿Quién coño es esa que está agarrando así a mi novio?—Nico me mira, no sabe qué hacer, si sujetarme para que no me mueva o sacarme de allí cuanto antes. Pero no le doy tiempo a pensarlo, porque mi rabia ha tomado posesión de mi cuerpo y ya voy caminando hacia el lugar donde está Alan. —Hola —saludo a ambos con un tono de voz, que no sé ni de dónde ha salido. Alan se gira y cuando me ve, se le desencaja la mandíbula.
—Chantal, ¿qué haces tú por aquí? —le tiembla la voz al hablar y la morena se gira hacia mí, mirándome con curiosidad.
—Pues nada, disfrutando del sábado. ¿Y vosotros?
—Celebrando nuestro compromiso —suelta de repente la morena. Me quedo paralizada, le miro la mano y ahí está, el anillo que tendría que estar en mi mano, está en la suya. Puedo ver como a Alan, se le ha cambiado la cara y eso, de alguna forma, me satisface. No sé de donde sale la entereza que tengo en estos momentos, pero aguanto el tipo de la mejor forma que puedo.
—¡Qué bien! ¡Enhorabuena! —les digo a ambos, con la sonrisa más falsa que he puesto en mi vida— ¿Lleváis mucho tiempo juntos?
—Un año, pero es que estamos muy enamorados —vuelve a contestar ella, parece que él ha perdido el habla —, ¿verdad winkipiki? —¿winki qué le ha llamado? La situación es, cuanto menos cómica, así que no puedo más que echarme a reír. La pobre muchacha no sabe lo cabrón que es su prometido, no sabe que es mi novio y que lleva conmigo más tiempo que con ella. No sé qué hacer, ¿le arruino la fantasía o la dejo que viva en su mentira? A mí me gustaría que me abriesen los ojos, así que…
—Pues creo que no deberías casarte con Alan —ella me mira sorprendida por mi comentario y a él, por poco no se le salen los ojos de las cuencas —, más que nada porque es un cabrón y un mentiroso. ¿Te ha hablado alguna vez de mí? —ella niega con la cabeza —Pues yo soy su novia, bueno, ahora creo que más bien ex novia. Anoche fuimos a cenar juntos, yo pensaba que con el derroche en champagne que estaba teniendo y la noticia importante que quería decirme, me iba a hacer la proposición por excelencia. Pero no, me dijo que la gran noticia, era que le habían ascendido. Así que ya puedes imaginar cómo me sentí. Pero lo mejor de todo, ¿sabes qué es? —ambos negaron con la cabeza —, que la humillación que acabo de sentir al enterarme que ella era tu prometida, se ha borrado de un plumazo al darme cuenta de que no vales la pena. Que eres un hombre triste y simplón, que lo único que vas a conseguir en la vida es soledad. Me alegra que esta mañana me dijeses que no querías hablar conmigo, me alegra porqué así he podido disfrutar de un sábado magnifico junto a Nico —Alan me mira sorprendido —. Sí, Nico mi vecino, ese por el cual te morías de celos. Está allí —señalo en su dirección —, esperándome para terminar este día de la mejor manera posible. Así que paso de seguir aquí, cantándote las cuarenta. Me voy con él, que merece la pena, mil veces más que tú —me doy la vuelta y regreso hacia el lugar donde estaba sentada con Nico. El pobre me mira desencajado, no sabe muy bien lo que ha pasado y tampoco me ha visto montar en cólera, por lo que imagino que debe estar totalmente despistado —¿Nos vamos? —le digo al llegar a su lado, tendiéndole la mano para ayudarle a incorporarse.
****
Llegamos a su casa, durante la vuelta hemos permanecido en silencio, todo lo contrario que mi móvil, que no ha dejado de sonar en todo el camino. Me siento en el sofá, mientras observo a Nico ir a la cocina. Se escucha como trastea abriendo y cerrando armarios, me pregunto qué es lo que debe estar haciendo. Pronto obtengo la respuesta, aparece en el salón con una bandeja llena de… ¡Vivan las calorías! Se sienta a mi lado, acompañado de una amplia sonrisa. —Bueno, tenemos helado, sirope y fideos de chocolate, helado de dulce de leche, caramelo líquido y barquillos. ¿Qué te apetece más?
—¿Un poco de todo?
—Buena elección, creo que haré lo mismo que tú —me dice y comienza a servir las copas de helado —. ¿Quieres que hablemos de lo que ha pasado?
—No sé muy bien que sentir, estoy dolida, decepcionada pero al mismo tiempo, siento una extraña sensación de alivio.
—Pero, explícame que es lo que ha pasado.
—Nico, pues que va a pasar, ¿es que no lo has visto? Me ha estado engañando durante mucho tiempo. Y para colmo, le ha pedido que se case con él, cuando debería ser yo la que tendría que llevar ese anillo —la cara de Nico era un poema.
—¿Es lo que deseas realmente? —me quedo pensativa. La verdad es que no, no es lo que quiero, sino ¿por qué esa sensación de alivio?
—Creo que no —él asiente y se queda pensativo —. ¿En qué piensas?
—¿La verdad? No entiendo cómo has aguantado tanto con ese tío.
—Porque le quiero, quería… Bueno, al menos eso es lo que creía.
—Pues era un capullo. Así que la verdad, casi que me alegro que nos los hayamos encontrado.
—Vaya gracias.
—No hay porque darlas, un placer.
—¡Serás capullo! —le miro con odio, pero en el fondo tengo ganas de reírme.
—Yo seré un capullo, pero anoche bien que no podías resistirte a mí—me quedo con la boca abierta.
—Pero si eras tú, que te gusta ir provocando—deja la cuchara del helado, se acerca lentamente a mí, hasta que su cara frente a la mía. Solo nos separan unos centímetros, puedo notar su respiración en mi cara. Su olor inunda mis fosas nasales y… ¡Huele tan bien! Me quedo callada, cierro los ojos, quiero concentrarme en su respiración, en su olor. De repente, noto como sus labios rozan los míos y ¡oh Dios! ¡Quiero más! No me lo pienso más y me lanzo a su boca. Temo que no me devuelva el beso, pero me equivoco, me lo devuelve de una forma cálida, suave. Sus labios son suaves, carnosos y sabe tan bien… Cuando se separa, me mira sonriente—. Ves cómo eres tú el que anda provocando —le digo con una amplia sonrisa.
—Sí, pero te recuerdo que, eres tú la que se ha abalanzado a mi boca —contraataca. Y por una vez me tengo que callar, porque tiene razón. Pero si cada vez me va a besar así, casi que le voy a llamar provocador continuamente. Él es mi dulce provocación. —Chantal —dice de repente, en un tono demasiado serio para como es él.
—Dime Nico.
—Debería contarte algo —la curiosidad se apodera de mí.
—Me estás poniendo nerviosa con tanta intriga, ¿qué es lo que tienes que decirme?
—¡Joder como cuesta! —dice sin mirarme —Chantal, siempre me has gustado —¡Toma ya lo que acaba de soltarme! —. Llevo mucho tiempo pensando en ti, pero nunca te he dicho nada porque tenías novio.
—Nico… no sé qué decir, me has dejado sin palabras.
—Creo que…—otra vez se queda callado y mis nervios van en aumento — podríamos intentarlo ¿no? —lo miro como si fuera un extraterrestre. ¿Intentarlo? ¿Intentar el que? —¿De verdad me vas a hacer decirlo claramente? —parece que Nico me ha leído la mente —Creo que podríamos intentar una relación, creo que los dos nos compenetramos, nos atraemos. ¿Tú que crees?
—Acabo de romper con mi novio…
—No digo que seamos novios a la de ya… pero creo que podríamos ir quedando, ver qué pasa. Vayamos poco a poco —me lo quedo mirando a los ojos. Otra vez le tengo que dar la razón, los dos nos llevamos y nos compenetramos bien. Nos atraemos. Creo que sí, que podemos probar. Acorto las distancias que él había puesto entre los dos después del beso. Nico me mira atento, no sabe que es lo que le voy a hacer, está esperando una respuesta, se le nota nervioso. Levanto mis manos para cogerle la cara, el tacto es una mezcla entre suave y rugoso por la barba. Le sostengo la cara entre mis manos y acerco su cara a la mía, para acto seguido poder besarle. Esta vez el beso es distinto, sabe de otra manera. Es más tierno, con más sentimiento con más ¿amor?

Un año después…

Ya ha pasado un año desde que me enteré de la doble vida de Alan y de que decidí darnos una oportunidad a Nico y a mí. Lo mejor que me ha podido pasar sin duda alguna. Durante este año, cada uno ha vivido en su piso, otras veces hemos compartido cama. Hemos ido de viaje, hemos reído, nos hemos enfadado, pero hemos disfrutado todos y cada uno de los momentos que hemos vivido juntos. La vida me asestó un gran golpe, pero me recompensó de la mejor manera que jamás hubiese podido imaginar…
… Con el verdadero AMOR.  

Fin.